24 de septiembre de 2009





Cerró los ojos.
Quería tener la mente en blanco, pero esa era una misión imposible.

Aún con los ojos cerrados, en medio de tanta oscuridad, se dibujaban las siluetas, entre manchones y luces de todo aquello que, inconcientemente, le llamaban la atención.

Nada era coherente, ni siquiera las voces, aquellas voces que no entregaban un mensaje claro.

Era como escuchar miles y millones de conversaciones telefónicas simultaneamente.

Abrió los ojos.

La habitación estaba oscura.

Sentía esa extraña sensación que todo era cada vez más oscuro. Y miraba hacia un lado y parecía ver una silueta negra... se le acercaba.

Un frío le recorrió la espina.

Extendió su brazo para alcanzarlo, en un acto de valentía, pero solo alcanzó el vacío.

Se escondió bajo las sábanas, esperando que ser tocada.
Cada folículo de la piel se erectó.

Nada ocurrío.

Volvió a su posición original.

Miró el crucifijo colgado. Ese Cristo sufriente fosforecente que la protegía.

Lo contempló por varios minutos.

No sabía si era un truco visual que la hacía ver al Cristo bailando y a la vez retorciéndose en su cruz.

Rezó: "Quita de mí estos demonios, Padre".

Tres segundos luego, ya estaba durmiendo plácidamente.