28 de mayo de 2012

A tu sonrisa burlesca, Hojas de Melisa




¿Te acuerdas de ese día? Pasate por mí en el jeep. Venías de terno y corbata, con la chasca al aire y tu madre en el asiento trasero. Yo me había pasado la tarde entera arreglándome para alguien que no conocía, pero a quien le tenía un gran deseo. Escuché la bocina y me quedé pegada a la puerta, quien fuera una niña tímida, nerviosa, expentante y exitada. Esperé unos segundos y abrí la puerta. Salí con paso atolondrado por el antejardín, crucé la reja, pasé por frente de tu jeep, y me monté de copiloto, con tu sonrisa de par en par recibiéndome. Nunca había visto alguien tan hermoso. Agaché la mirada, evitando volver a mirarte y perderme en esos ojos azules. Sentía el estómago revoltoso, con la adrenalina a mil por hora y el corazón a punto de salirse por mi pecho. No sé en qué momento llegamos, y nos bajamos del jeep para conversar más tranquilamente, lejos de las orejas de gato de tu mamá. Allí nos quedamos. ¿Me vas a creer que no me acuerdo de nada de lo que conversamos ese día? No hacía nada más que mirarte como boba. Fue una noche hermosa.
¿Te acuerdas cuando tocaste la guitarra y cantaste para todos? Me pediste que me fuera al final de la sala. 'Me pones nervioso' me dijiste y yo, partí obedeciendo, aunque siempre lamenté no haber estado en primera fila. Desde el fondo te vi tocar y cantar junto a tus amigos. 
Esa noche bailamos y yo te tenía para mí. Sentí tu cuerpo por primera vez y desde el primer roce supe que mi piel continuaba en la tuya. Bailamos y tenía tu boca tan cerca. Quería besarla, pero no podía. Tenía dueña.
Nos embriagamos esa noche ¿Lo recuerdas? Si hasta café te serví, porque no dabas más de borracho. Eran las seis de la mañana y con suerte te podías el cuerpo. Yo te cuidé. Primera vez que lo hacía, como quien te cuidara de toda la vida. A las siete pasó por ti tu novia, y te fuiste a despedir. A los pocos minutos volviste a mi lado y te secuestré a las butacas, fuera del salón. Nos perdimos y contemplamos el amanecer de esa noche que se iba y que me dejaba llena de pajaritos en la cabeza. Nos sentamos, uno al lado del otro. Me maldigo por no recordar de qué hablamos. Yo sólo atinaba a contemplarte. 
En un momento de descuido, nos fuimos acercando. Tu boca, esos labios gruesos, rosados, jugosos, tu aliento que azotaba mi cara y yo, oliendo tu respiración tibia, el estremecimiento de cada poro de mi piel, te deseaba. 
No lo evitaste y sin darte cuenta me estabas besando. El beso más dulce de toda mi vida. Tu boca que mordía con desesperación, con el arrebato de quien consigue algo que se quería hace tanto tiempo, yo te besaba y tú te dejaste besar. Mis manos se deslizaban en tus muslos firmes en dirección ascendente, hasta llegar a tu entrepierna. Palpé con la punta de mis dedos tu erección y te avergonzaste. Yo me reí con una risa infantil y te hice entender que no había nada malo en ello.
Nos seguimos besando hasta que fue momento de irnos y dejar ese sueño idílico hasta allí.
¿Te acuerdas cuando me pediste ser tu novia, ese día, tirados en el pasto de la Quinta Normal? ¿Te acuerdas cuando no podías concentrarte en nada cuando nos enojábamos y me llamabas a los pocos minutos para hacer las pases? ¿Te acuerdas cuando te cuidé las veces que ardías en fiebre y yo ponía paños húmedos en tu cuerpo desnudo? ¿Te acuerdas cuando hacíamos el amor todo el tiempo? ¿Te acuerdas cuando te contemplaba cuando dormías y cuidaba de tus sueños? ¿Te acuerdas que eramos uno? ¿Te acuerdas que me amabas?
Dime, ahora, si te acordarás de todas esas cosas. Dime y no te quedes mirándome con esa risa burlona. No ahora, que te tengo entre mis brazos.
¿Para donde vas? No, quédate, por favor, un rato más. La cama queda tan fría cuando te marchas.
¡No te vayas! No me dejes sola, otra vez.
¿Cúando vuelves? ¿Mañana, te vuelvo a ver? 
¡Mírame cuando te hablo! ¡No te sigas riéndo!
¿Es porque ya no me quieres?
¡Entonces vete! ¡No te aparezcas más por estos lados! Déjame en la miseria de este recuerdo tuyo.

Lo sé.
Mañana vuelves. Otra vez a atormentarme...

Eran las tres de la mañana y la angustia se apoderó de ella. Prendió la luz del velador y miró a su lado. La cama estaba vacía. Desorientada recordó que estaba en su casa. Se sentó sobre el catre y se tapó la cara con ambas manos. Sudaba profusamente y su cuerpo temblaba. Tomó una gran bocanada de aire para recomponerse, pero fue inútil.
Dos lágrimas rodaron por su mejilla y cayó en cuenta de la realidad. 
No supo que pasó dos horas allí, sentaba sobre una cama solitaria, con las piernas recogidas rodeada por sus brazos y la cabeza entre sus muslos, llorando. Creía ver, desde afuera, el reflejo de tan patética escena. Allí, destrozada por un recuerdo macabro, deshecha por el fantasma del pasado. 
Se imaginó a sí misma y sintió verguenza. Tanta fuerza mental... ¡Patrañas! Esas sonrisas falsas, ese 'estoy bien' de muletilla, esa actitud farsante de que nada puede estar mejor. Engañaba a todos y hasta comenzó a creer en su propia mentira. Mas todas las noches, la conciencia la remordía, como un perro con rabia que atacaba al menor descuido.
Allí, penosa sobre la cama, sintió el desprecio contra su persona, esa mujer que estaba postrada no era ella y cojiendo coraje de Dios sabe dónde, se incorporó, se calzó las pantuflas y salió de la habitación. Caminó por los pasillos oscuros, sin tropezar ni arremeter contra nada. Entró al cuarto de baño, hizo correr la llave y de un zuácate se tiró agua fría en la cara. 'Tengo que despavilar' y una vez más. '¡Estúpida! ¿Cómo mierda te dejai webiar así?' Una vez más. 
El agua fresca arrazó con toda señal de tristeza y con una toalla de mano se secó el rostro.
Salió del baño y se dirigió a la cocina. Puso agua en la tetera, sacó una taza, un platillo y una cucharita. Abrió la puerta principal y un vaho invernal caló hasta sus huesos. De la jardinera arrancó un tallo de toronjil y se metió de vuelta a la casa. La tetera hervía mienta ella lavaba la ramita. Vertió agua en la taza y tiró las hojas dentro. Nada de azúcar y se llevó la cucharita para revolver el agua furibunda. 

Me senté en la cama con la taza en la mano. Miraba las hojas de melisa dar vueltas y el recuerdo de ese sueño seguía penando en mi mente. Cuatro noches, sin descanso, y la imagen de ese hombre no se iba nunca. Haberlo querido tanto... para nada.
Tomé el primer sorbo y el agua caliente bajó por mi esófago. Maldición.
Segundo sorbo y el estómago se me entibió. ¿Hasta cuando?
Tercer sorbo. Tengo miedo...
Cuarto sorbo. ¿Y si lo llamo?
Quinto sorbo. ¡Pelotuda!
Sexto sorbo. No, no creo...
Octavo sorbo. Ya ni se acuerda de mí.
Noveno sorbo. Dios, dame paciencia.
El último sobro y me comí las hojas, con la clara intención de creer que estaba atentando contra mi propia vida. Pero como siempre fui cobarde, la hoja de melisa no me hará daño, lo sé.
Dejé la taza en el velador, mis pantuflas volaron por el aire, me hundí en la cama, apagué la luz de la mesita de noche. 
Con los ojos abiertos mirando el vacío, la oscuridad más profunda. Imagenes, luces y colores se alucinaban en mis ojos y por un momento creí estar loca. Mi respiración llenaba la habitación y el reloj marcaba las cinco y media de la madrugada.
Oía los pajaritos cantar, a lo lejos. 
De pronto, unas manos tocaron mi cara, como una caricia. Yo ahí, con los ojos cerrados, perdida en el infinito. A lo lejos, tus ojos azules, tus labios gruesos, tu sonrisa encantadora, me miraste burlesco y me diste otro beso.